miércoles, 9 de abril de 2008

los motivos de O

O tan en el suelo. "Lo peor ha sucedido. Una simple mirada nos revela todo. Los noruegos se nos han adelantado... ¡Dios mío! Este es un lugar horrible, aún más terrible por haber trabajado tanto sin obtener la recompensa de ser los primeros". O desabotonaba su boca. El terciopelo húmedo de su lengua de trapo lamía las finísimas comisuras que, tensadas, parecían los hilos de un relato que nadie ha de contar. O con la herida llena de sueños hecho ruido de río a la salida de los inferos. "Por Dios, este es un lugar espantoso. Ya ha sido terrible para nosotros habernos esforzado tanto por llegar, sin siquiera tener la recompensa de ser los primeros. Ahora de regreso y ante un esfuerzo desesperado, me pregunto si podremos hacerlo". O guardaba los restos de la distancia entre la vida y la realidad, la ceiba que crece en la lengua de la existencia, la mirada con que ella se miraba en O con las pupilas dilatadas todas antes de dejarlo entrar. El afecto con que los poetas viven cerca del silencio y de las palabras. O mirando el mar desde una plataforma marina. Como si ella le dijera que está tan cerca de él, tanto que no lo nota. El canto falible. Dejando todo lo escrito en una de esas vueltas que los rehiletes dan. O con la espina de un erizo enterrada en el pie y el viaje que la espina del erizo emprende desde el pie hasta el corazón. O miraba el tragaluz sin armadura en un palmo del mar. Otra vez el recuerdo del Argos visto desde un acantilado. El baile en la azotea, un, dos, tres, un, dos, tres y media vuelta y la descripción de una sensación que poco se ha sentido. Echado todo en falta. La mano de O al comienzo de la senda vertebral. Por saber lo que está en el alma, la visera circular, la fuente de consuelo sin cinosura. "Afuera, delante de la puerta de la tienda, todo el paisaje es una terrible ventisca. Creo que ahora no podemos esperar nada mejor. Debemos seguir hasta el final, pero estamos debilitándonos por supuesto, y el final ya no puede estar lejos. Es una pena, pero creo que no puedo escribir más.

Lo que ella decía cubriéndose la cabeza con una sabana blanquísima y en la que O escribía, procurando el diseño de sus facciones, fascinado por el simulacro de una muerte prematura, una irrupción prematura que la escritura no confesaba. Los procedimientos ocultos que simultáneamente en la lluvia los ocupaba. Hay que dejar que la sangre o el semen se diluya en el papel, un par de miradas vistas como una luz vista en el fondo de un par de zapatos, delicados ruegos.

O y lo que le es dado imaginar, el tren que ella abordó llevaba otra dirección. Son las tres de la mañana y ellos comparten una lata de sardinas. Mientras afuera llueve. Lo que sólo es visible para quienes viven tan cerca del silencio, fugas fractales en las manos. Este montón de actos que agobian, muestras ocasionales de depresiones, es estar leyendo en ayunas a los alemanes.

O sobre el punto de latitud cero horadando la nieve con su cuerpo, la bandera en los bolsillos. O en Atacama azul y hace sonar el alma con un arco. La sombra de un olivo que gradualmente disipa el cuerpo de O lleno de hormigas, sus lágrimas abonan el cultivo mohoso que procuran. La forma de ella fumando mientras entorna los ojos, la imprudencia de ella cruzando las calles como si lo mismo diera una muerte producida por el choque de su cuerpo en el parabrisas y el entallamiento de viseras, los fémures fragmentados, la mierda incontenible, los zapatos siete metros del accidente y la sangre manando del oído. Poemas en griego de diccionario. O escuchando a Mahler, descomponiéndose, babeando; la sangre tiñendo la nieve, se han ido las hormigas. Un zapato opaco y el otro lustroso.

Los ansiolíticos. El viaje violento que el suicida emprende, escondiéndose de su muerte inminente, gotas de sangre se hinchan hasta que el peso las precipita de la fosa nasal al suelo, este es un asunto trágico. Lo que significa rebobinar el instante ése en que veían las esculturas de Ron Mueck o las de Xavier Marín, escuchaban las canciones de Lhasa o Martirio. La realidad de lo doloroso que resulto todo. Deseando una vida que no necesitaban. El vestido de novia y el boleto a Olisipo. El humo que el fuego provoca, salpicado de su calcinadura, combándose mientras mira las rompientes estrellarse en el casco del barco. Y sabía de llorar. El color de los pedazos ensangrentados de su cuerpo, el frío polar corroído por el sueño entonces.

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