miércoles, 9 de abril de 2008

Kepelá

Una itinerante banda sonora. El rumbo señalado. La mujer del pescador japonés pasa su lengua por los espejuelos de unas gafas que luego se pone. Sumida en una espesa nubosidad. El relato de su rapto le vaga la memoria. El bravo pescador japonés echa la pesada red en la desembocadura del río. A veces nada y deja que los peces lo golpeen. A pescar mújol con Michihide, su padre de botas vinílicas. Mirando los peces sin poder hacer nada, nada. Nunca iba a mostrarle a su mujer a preparar la hueva del mújol hembra. Llevaba a casa los pescados pendulándole en la espalda. Sonreía. Y caminaba hasta que el sol secaba sus ropas. La sensación de los remos siendo clavados en el río.

El marido de la mujer gorda había abandonado la orquesta nacional para cuidar en la enfermedad a su esposa. Cada día engordaba. Cuatrocientas cincuenta libras. Depresión posparto. Primogénito muerto, nonato. El marido le suministraba los medicamentos. Postrada en una cama gigante que el marido había construido en dos meses con la venta de instrumentos y partituras. Los surcos que se dibujaban en la holgada carne de la mujer hacían de la una inyección una operación fácil para cualquiera que haya practicado un par de veces con una ciruela o una naranja, comiéndose después las frutas. La vida cerca del río.

Toffic deja a la mujer tendida en el tálamo ese y se va a observar el río. Nadie lo sospecha, ni él mismo. Lleva un sombrero de paja. Nagiko desempaña sus gafas y sale a observar el río como quien se pone a observar a alguien que acaba de salir de un abismo. Se cubre la cabeza con una pañoleta roja. En sus respectivas orillas se miran por primera vez, comprenden que no es posible entablar una conversación porque el cause del río es demasiado ancho. Hay mucho ruido, mucho silencio arrasado. Toffic observa a Nagiko sentarse y se sienta frente a ella, como para pedirle consuelo, como para invitarle una tacita de mate, como para acompañarla en su llanto indiscutible. Nagiko recoge los pies y observa como Toffic recoge sus pies envueltos en unos tenis azules como imitándola, como un reflejo apenas que dará media vuelta. Nagiko sonríe y Toffic persiste solo en su ejercicio, sonríe también, puntual, a lo lejos. Nagiko levanta la mano izquierda y una pulsera roja resbala por su brazo, recuerda en ese momento el chaleco que le tejió a su marido para el invierno, un chaleco de lana con tres botones grandes y Toffic la sigue, él recuerda acaso una canción triste que lo entretenía mientras le veía las manos a su mujer. Nagiko sacude la cabeza de un lado a otro y Toffic pronto, casi al mismo tiempo, la sacude también. Toffic observa a Nagiko mirarse los pies desnudos, no alcanza a percibir el rubor que aparece en las mejillas de la mujer, las gotas de sudor cerca de las comisuras que ni el pescador japonés había percibido. Entonces él se mira los pies. Nagiko se recuesta en la hierba y Toffic la sigue. Es el mismo cielo el que miran, uno azul muy pálido. Es posible que por un instante ambas miradas se posen en los mismos puntos. Nagiko se incorpora al mismo tiempo que Toffic, pero tiene la impresión de que es ella la imitadora, quién sabe por qué. No se daba cuenta, no lo podía explicar. Una vida en otro lado. Caminan. Se acercan a la orilla para reconocerse, imitándose todo el tiempo.

HAMSTER

La habitación olía a hamster. Estar lejos no significa nada. Una estocada en el cuello, una estocada profunda. Soñé que era Roberto Bolaño y al jugar una cascarita pedía ser el auriga. No nos fue bien y aunque eso es en lo que el juego consiste de verdad, no nos fue nada bien. Lethaby a lo lejos, tirada en una cama lejos y profunda como la estocada al mono con la espada de madera. Lo que sea, contentado con la escritura, adormilado bajo la lluvia, amodorrado, tembloroso pensante, distraído, borracho. Lethaby en su cama tibia. La carrera nocturna del hamster, a la vuelta de los recuerdos perfectamente acomodados en almíbar de olvido. La canción reciente acomodada también en la amniótica. La repetición que relata las más de las veces un puño en el niño pequeño, la sombra de una nube virgen sobre los árboles. Todo aquello parece confuso si lo mostramos así, el velo de la poética desciende levemente sobre las la sala repleta de almas humeantes humanas, secuestradas por una decena de revolucionarios que han de persistir en la muerte. Es el mismo mecanismo de cuando se echa en cuenta la marcha, a trote del silencio y a galope que más bien es el rompimiento de amarras torpemente sujetas a marinos que se rehúsan a seguir la cántiga, a tararear durante el alto. Alucinaciones que se traslucen detrás de la cara de idiota, la cara de hamster escapando. Se retracta de lo hecho, quiere salir a buscarla en aquella rueda metálica que huele a aserrín viejo y a humedad. La carrera también es una espera activa, un desmembramiento en la trinchera lodosa y una lluvia de julio. Fruto podrido en la mesa de los bravucones con moscas.

Lethaby cae cada noche sobre la cama rendida del trabajo alienante de contar pajillas blancas. Lethaby corre cada mañana en torno al parque Santiago y nada todo el día para caer rendida como la suposición de lo que hace, cae la posibilidad de ir corriendo hacia alguna parte y venir de alguna parte según la lógica en turno, demorada y devota. Ambos corren sobre la misma rueda, pero no se encuentran.

los motivos de O

O tan en el suelo. "Lo peor ha sucedido. Una simple mirada nos revela todo. Los noruegos se nos han adelantado... ¡Dios mío! Este es un lugar horrible, aún más terrible por haber trabajado tanto sin obtener la recompensa de ser los primeros". O desabotonaba su boca. El terciopelo húmedo de su lengua de trapo lamía las finísimas comisuras que, tensadas, parecían los hilos de un relato que nadie ha de contar. O con la herida llena de sueños hecho ruido de río a la salida de los inferos. "Por Dios, este es un lugar espantoso. Ya ha sido terrible para nosotros habernos esforzado tanto por llegar, sin siquiera tener la recompensa de ser los primeros. Ahora de regreso y ante un esfuerzo desesperado, me pregunto si podremos hacerlo". O guardaba los restos de la distancia entre la vida y la realidad, la ceiba que crece en la lengua de la existencia, la mirada con que ella se miraba en O con las pupilas dilatadas todas antes de dejarlo entrar. El afecto con que los poetas viven cerca del silencio y de las palabras. O mirando el mar desde una plataforma marina. Como si ella le dijera que está tan cerca de él, tanto que no lo nota. El canto falible. Dejando todo lo escrito en una de esas vueltas que los rehiletes dan. O con la espina de un erizo enterrada en el pie y el viaje que la espina del erizo emprende desde el pie hasta el corazón. O miraba el tragaluz sin armadura en un palmo del mar. Otra vez el recuerdo del Argos visto desde un acantilado. El baile en la azotea, un, dos, tres, un, dos, tres y media vuelta y la descripción de una sensación que poco se ha sentido. Echado todo en falta. La mano de O al comienzo de la senda vertebral. Por saber lo que está en el alma, la visera circular, la fuente de consuelo sin cinosura. "Afuera, delante de la puerta de la tienda, todo el paisaje es una terrible ventisca. Creo que ahora no podemos esperar nada mejor. Debemos seguir hasta el final, pero estamos debilitándonos por supuesto, y el final ya no puede estar lejos. Es una pena, pero creo que no puedo escribir más.

Lo que ella decía cubriéndose la cabeza con una sabana blanquísima y en la que O escribía, procurando el diseño de sus facciones, fascinado por el simulacro de una muerte prematura, una irrupción prematura que la escritura no confesaba. Los procedimientos ocultos que simultáneamente en la lluvia los ocupaba. Hay que dejar que la sangre o el semen se diluya en el papel, un par de miradas vistas como una luz vista en el fondo de un par de zapatos, delicados ruegos.

O y lo que le es dado imaginar, el tren que ella abordó llevaba otra dirección. Son las tres de la mañana y ellos comparten una lata de sardinas. Mientras afuera llueve. Lo que sólo es visible para quienes viven tan cerca del silencio, fugas fractales en las manos. Este montón de actos que agobian, muestras ocasionales de depresiones, es estar leyendo en ayunas a los alemanes.

O sobre el punto de latitud cero horadando la nieve con su cuerpo, la bandera en los bolsillos. O en Atacama azul y hace sonar el alma con un arco. La sombra de un olivo que gradualmente disipa el cuerpo de O lleno de hormigas, sus lágrimas abonan el cultivo mohoso que procuran. La forma de ella fumando mientras entorna los ojos, la imprudencia de ella cruzando las calles como si lo mismo diera una muerte producida por el choque de su cuerpo en el parabrisas y el entallamiento de viseras, los fémures fragmentados, la mierda incontenible, los zapatos siete metros del accidente y la sangre manando del oído. Poemas en griego de diccionario. O escuchando a Mahler, descomponiéndose, babeando; la sangre tiñendo la nieve, se han ido las hormigas. Un zapato opaco y el otro lustroso.

Los ansiolíticos. El viaje violento que el suicida emprende, escondiéndose de su muerte inminente, gotas de sangre se hinchan hasta que el peso las precipita de la fosa nasal al suelo, este es un asunto trágico. Lo que significa rebobinar el instante ése en que veían las esculturas de Ron Mueck o las de Xavier Marín, escuchaban las canciones de Lhasa o Martirio. La realidad de lo doloroso que resulto todo. Deseando una vida que no necesitaban. El vestido de novia y el boleto a Olisipo. El humo que el fuego provoca, salpicado de su calcinadura, combándose mientras mira las rompientes estrellarse en el casco del barco. Y sabía de llorar. El color de los pedazos ensangrentados de su cuerpo, el frío polar corroído por el sueño entonces.