miércoles, 5 de septiembre de 2007

Witt y los detectives

Alguien acaba de saber algo sobre el paradero de Witt. La escritura de los insectos. Un corazón en retirada, hijo gemelo de su mano izquierda con los dedos en la duda. Witt rodea sin marbete el mundo: El costillar de un dios bastante nalgueado. Witt la jibia leyendo las copias de un libro frente a un plato de sopa con tallarines. Un hombre así merece el incendio de sus libros, vamos a la casa de Witt y matamos a sus padres, nada brotó de su sangre. No todo merece palabras, digo, no todas las cosas. Bien a bien nadie sabe dónde está Witt. Con su Eva japonesa, baja del llanto al fondo del sueño. Para mí la poesía no es un perro, ni el recuerdo de un perro en mi memoria. Es un estilete. En el fondo se adivinan presentimientos lo que aminora la opacidad.

Witt se autoimita, un rugido cercano al deseo. Si no lo escribo yo ya nadie lo escribirá. Pero no lo sabíamos, no sabíamos que era preciso contar con la ignorancia, contar de vez en cuando. Queremos a Witt para darle una madriza, nos zambulliremos en su sangre.

Y el mar galopa esa existencia. La mano derecha de Witt encalla en el silencio. Hábil en caminar ensangrentado de lírica, el miedo allanado o amotinado. Las lúnulas, una estupa arde. Le echamos querosén a la morcilla y a los huevos. Bramantes de disparar, el adiós de su parte, el rastro, un paso delante del lunático lisboeta. El puchero del sueño. Un día nos lo encontramos desplomado junto a él una fotografía en donde se mesa los cabellos con furia, la escritura secreta del soldado espartano. Desde la sangre de la parturienta fue vendido al circo. Años después cuando Witt fue niño en la frontera de una vida prometida a la que no llegó.

viernes, 31 de agosto de 2007

jueves, 30 de agosto de 2007

OLIK

Olik

Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte.
Roberto Bolaño.

Arrastrado por las sensaciones Olik quiso estar desnudo. Hundir la mano en lo que sintió que era de agua, un cuerpo tibio a las tres de la mañana. Supo de su aflicción, supo del deseo y del par de brazos que le nacieron en los costillares. Olik respiro, al mismo tiempo que le pedía a ella respirar. La tomó de la mano y sintió a un dios mirándolos como quien mira por el ojo de una cerradura. Las yemas en los dedos también son ojos, las clásicas terminaciones nerviosas de una emoción, una caja. Le paso la palma de la mano por lo que sintió era un vientre de agua. A salvo de los colores, sin observar, empujado al estropicio, vio el mar o la deuda del mar en la ventana, vio el sendero hasta el margen del mar.

Olik le leyó, bajo los efectos del canabis, el fragmento de un libro. Danzaron las palabras y se aletargaron. Entonces en Olik se arraigo la ambición de mirarla junto al mar. Quiso correr al menos debajo de un aguacero con ella de la mano.

A tal grado que decidió irse a vivir con ella. Todos los infiernos se desataron y en ellos ardieron todas las cosas que Olik dejaba atrás. Cerró los ojos sintiendo el calor de lo que se quemaba, toda una vida, el silencio. Lo primero: quiso tener una fotografía suya, quiso aprender sus facciones de memoria. Luego la llevo a un lugar donde se quedaron solos, un bosque cerca de un lago o un acantilado donde miraron las estrellas o el mar por largo rato sin decirse nada. Olik le acaricio el rostro y la beso por primera vez.

Olik dejo la poesía e intento con la magia, su acto predilecto: hacer flotar un libro de poesía.

Luego Olik mira el techo y continúa imaginando un torneo imposible de poetas, de peleas o madrizas entre poetas, en él Olik se quedaba en las preeliminares de unos octavos improbables: Vallejo contra Zurita para empezar, Bolaño contra Byron, Parra contra Césaire, Neruda contra Pound, Mallarmé contra Huidobro, Nerval contra Lope, Quevedo contra Pessoa y Ausias contra Miguelito Hernández.

Ella veía en Olik un ciruelo. Lo abrazaba como quien abraza un árbol. No eres tú, es la experiencia de vivir contigo lo que me pertenece, le decía Olik mientras recibía ese abrazo.

¿Qué voy a hacer contigo?
¿Por qué no te conocí a los catorce años?
Miradas más miradas menos, lo que queda por callar y para la escritura.
Cd. México abril 2006

ARIAL

Arial

Hágase el personaje, la ausencia en las entrañas de la página. Un blanco activo que palpite y que, en esencia, remarque las palpitaciones intermitentes y sonoras del personaje: La ausencia lleva el nombre de Arial, las palabras que su alrededor nacen y luego se bifurcan, aluzan con su inocente destello la descripción que bandea lo psicológico, siempre queda algo de lado, algo que debió escribirse sobre nuestro personaje. Arial, un peso welter de 28 años, un peso welter por las mañanas de 28 años dando clases, clases aburridas, de literatura, un peso welter escribiendo versos, un peso welter sin apellidos, más budista que poeta, un peso welter de los duros, de los que aguantan caminar la avenida más larga de la ciudad para bajar y dar el peso a la mañana siguiente. Un peso welter que delira todas las noches y sueña que el mundo se le viene encima, literalmente. Arial conoce a Estibaliz y su vida cambia. El dolor lo asola, sólo soñando es posible. En el imperturbable corazón parmenideo de la verdad Arial no es, ha de llamarse ausencia, querencia, no ha de ser tampoco en el tejido narrativo, degollado por estructuras imposibles. Arial no puede más. Nada lo sostiene ni lo soliviará más que su propia ausencia, no fue desaparición sino anhelo de presencia. Deseo de la nada. Nada puede decirse de la nada.