jueves, 3 de septiembre de 2009

DORMIR CALIENTITAS

A mi mamá


Anotamos la lista del mandado en un papel de las tortillas. El plan que mi hermana Cristina y yo habíamos hecho para ese día, según nuestras estimaciones, era perfercto. Además todo el plan estuvo basado en la suposición de que mi mamá, a nuestro regreso, no estaria, sino que iría en rumbo a Guanajuato a traer otra vez a mi papá. Se decía que mi padre tenía franquisias de familias regadas por Cilao, Irapuato y Celaya. Panzaverde al fin y al cabo. La mayoria de mis hermanos eran producto de esas ausencias, yo lo sabía. Hijos de aboneros, tablajeros y lecheros mis pobres hermanos. Sólo yo podía preciarme de ser hija de ese pobre chato, yo era toda su cara y gozaba de su inusitada predilección. A veces, al volver del trabajo, mi padre era montador de zapatos en la calle Talabarteros, nos contaba historias de su infancia que en la miseria en la que vivíamos me hacían sentir afortunada. Alguna vez a él y a su hermano gemelo un par de labregones los golpearon y los mearon, los muy cabrones se me mearon encima decía con los ojitos razados de lágrimas. Pero cuando crecimos los matamos y los hechamos al río y se sonreía.

Mi hermana Cristina y yo eramos las mas unidas y las más mulas, ya ni siquiera ibamos a la escuela, es terrible ir a la escuela con bolsa de mandado. Ella era una niña demasiado gorda, comenzo a engodar desde que mi mamá le dio de comer sopa con carne de tortuga. Preferiamos quedarnos en casa y armar las campales con mis otros hermanos más pequeños y por lo tanto los que sacaban la peor parte, el castigo para los perdedores era un castigo difícil de cumplir, uno se preparaba con una jarra de barro de agua y mordía el chile de árbol toreado durante quince minutos por nuestra verduga, lo masticaba a toda prisa y lo tragaba para después beber la jarra entera que no quitaba nada. Otra vuelta a los cuidados de la abuela Enriqueta que, como menos, nos colgaba las tortillas del soquete del foco del cuarto en que vivíamos en la calle Matamoros.

Suponíamos que la larga lista del mandado que incluía inesperadamente dos pesos de chicharrón prensado, medio kilo de frijol peruano, jitomate, cebolla y dos kilos de tortillas, eran el indicio más claro de que mi mamá otra vez nos abandonaría. Mi hermana y yo hablamos solamente una vez del plan acordando dos puntos imporantes: salir temprano de la casa y buscar a Don Diógenes, un vagabundo que nos daba un veinte a cada una por darle un beso en el sucio cachete, con ese veinte compraríamos un par de bolillos y aguacate, yo llevaba un puño de sal de la casa en el bolsillo de la falda, porque en la casa faltaba todo menos la sal. Las deliciosas tortas de aguacate nos servirían como un tentempie en la función de Santo contra las mujeres vampiro con el Santo como el Santo, aunque yo siempre imaginaba que detrás de esa mascara plateada estaba Pedro Infante que en realidad no había muerto sino que había decidido dejar la fama y las viejas con tal de salvar al mundo y Lorena Velázquez como una de las mujeres vampiro. Qué Santo ni qué ocho cuartos gritaba mi mamá a nuestro regreso, siete horas después de nuestra salida y nos jalaba del cabello con la intención puta de arrancárnoslo, el cabello que unas practicantes del arte cosmético se habían encargado de levantar como una torre después del cine, los cinturones de mi papá eran, con la ira de mamá, látigos sobre nosotras y pensar que en el cine atascado Cristina y yo gritabamos a todo ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Cada que el enmascarado de plata luchaba. Pensándolo bien la madriza que la vieja nos acomodo por patas de perro había valido la pena porque el Santito, que las podía todas más que el Sanjuditas le ganó a las mujeres vampiro.

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