miércoles, 5 de septiembre de 2007

Witt y los detectives

Alguien acaba de saber algo sobre el paradero de Witt. La escritura de los insectos. Un corazón en retirada, hijo gemelo de su mano izquierda con los dedos en la duda. Witt rodea sin marbete el mundo: El costillar de un dios bastante nalgueado. Witt la jibia leyendo las copias de un libro frente a un plato de sopa con tallarines. Un hombre así merece el incendio de sus libros, vamos a la casa de Witt y matamos a sus padres, nada brotó de su sangre. No todo merece palabras, digo, no todas las cosas. Bien a bien nadie sabe dónde está Witt. Con su Eva japonesa, baja del llanto al fondo del sueño. Para mí la poesía no es un perro, ni el recuerdo de un perro en mi memoria. Es un estilete. En el fondo se adivinan presentimientos lo que aminora la opacidad.

Witt se autoimita, un rugido cercano al deseo. Si no lo escribo yo ya nadie lo escribirá. Pero no lo sabíamos, no sabíamos que era preciso contar con la ignorancia, contar de vez en cuando. Queremos a Witt para darle una madriza, nos zambulliremos en su sangre.

Y el mar galopa esa existencia. La mano derecha de Witt encalla en el silencio. Hábil en caminar ensangrentado de lírica, el miedo allanado o amotinado. Las lúnulas, una estupa arde. Le echamos querosén a la morcilla y a los huevos. Bramantes de disparar, el adiós de su parte, el rastro, un paso delante del lunático lisboeta. El puchero del sueño. Un día nos lo encontramos desplomado junto a él una fotografía en donde se mesa los cabellos con furia, la escritura secreta del soldado espartano. Desde la sangre de la parturienta fue vendido al circo. Años después cuando Witt fue niño en la frontera de una vida prometida a la que no llegó.